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Cuando ya no te sentís cómoda donde antes encajabas

hace 6 horas
4 min de lectura

Antes de salir, te quedás un rato sentada en la cama. Tenés la ropa puesta y el bolso pronto. Mirás la hora. Si salís ahora, llegás bien.


No tenés demasiadas ganas, pero hace tiempo que no se ven. Pensás que seguramente te va a hacer bien salir, conversar, saber en qué andan. Te levantás, agarrás las llaves y vas.

Cuando llegás, hay abrazos. Alguien te alcanza un vaso y otra persona corre una silla para hacerte lugar. La conversación ya está empezada. Reconocés las voces, las bromas, esa forma de hablar todas a la vez que durante años te hizo sentir en casa.


Al principio te relajás.

En algún momento te preguntan cómo estás y empezás a contar algo que te tiene entusiasmada. Un proyecto, una decisión, una experiencia que te abrió preguntas nuevas. O tal vez necesitas compartir que estás atravesando algo que te tiene movilizada, pero...

Mientras hablás, alguien hace un comentario al pasar. Quizás es una broma de las de siempre o algo que te hace sentir cierta pesadez.


La conversación se mueve un poco y vos te apurás a cerrar:

Había más para contar, pero lo dejás ahí.


El encuentro sigue. Escuchás, te reís, preguntás por algo que recordabas de la última vez. Hay momentos que disfrutás. Cuando proponen repetir el encuentro la semana siguiente, decís que sí antes de pensar si querés.


Después, en el camino de vuelta, te das cuenta de que estás cansada de una manera que no esperabas.


Repasás la tarde buscando qué pudo haberte molestado. Nadie te trató mal. Te recibieron con cariño. Incluso hubo un rato en el que te reíste mucho. Cuanto más intentás encontrar una explicación, más te parece que el problema debe ser tuyo.


“Estoy demasiado sensible”, pensás.


Pero al llegar a tu casa vuelve una escena pequeña: vos bajándole el tono a eso que te entusiasmaba. No recordás haber decidido hacerlo. Simplemente te salió.

Y te preguntás por qué.


A veces empezamos a reconocer un cambio a través de gestos así de pequeños. Una frase que dejamos por la mitad. Un sí que damos demasiado rápido. El alivio que sentimos cuando se cancela un plan al que habíamos aceptado ir.


Al principio cuesta darles importancia. Sobre todo cuando aparecen en vínculos donde hay afecto y una historia que valoramos. ¿Cómo explicar que algo te pesa si esas personas también te acompañaron, te hicieron reír y estuvieron presentes en momentos importantes?

Quizás ni siquiera querés alejarte. Lo que todavía no sabés es cómo estar ahí de otra manera.


En el episodio 14 de MIRA propongo observar el antes, el durante y el después de esos encuentros. Volver sobre lo que pasó con curiosidad, sin exigirte una conclusión inmediata.

¿Qué te decías mientras te preparabas para salir? ¿En qué momento empezaste a medir tus palabras? ¿Qué sentiste cuando ya estabas sola?


Una tarde incómoda puede ser solamente una tarde incómoda. Con el tiempo, sin embargo, quizás encontrás algo que se repite. Cada vez que hablás de un logro, lo minimizás. Cada vez que pensás distinto, preferís dejarlo pasar. Cada vez que alguien necesita algo, tu disponibilidad parece estar resuelta de antemano.


Entonces la pregunta empieza a cambiar. Ya no buscás únicamente qué hicieron los demás. También empezás a mirar lo que hacés vos para conservar tu lugar.


¿Qué tengo que hacer conmigo misma para que todo siga funcionando como antes?


Puede ser una pregunta difícil de sostener. Porque quizás esa manera de adaptarte te acompañó durante años. Estar disponible, anticiparte, hacer lugar y evitar desacuerdos fueron formas de cuidar tus relaciones. Algunas veces todavía las elegís con ganas. Otras, empezás a notar que te dejan afuera de la conversación.

Pasaron unos días y llega un mensaje al grupo. Ya están organizando el próximo encuentro.

Esta vez no respondés enseguida.


Querés verlas, pero el plan que proponen no te entusiasma. Tenías ganas de reservarte ese rato para otra cosa. Empezás a escribir una explicación larga: que venís cansada, que tenés pendientes, que quizás podrías pasar aunque sea un momento.


La leés. Borrás una parte. Volvés a escribir.

Te sorprende cuánto trabajo te lleva responder una invitación.


Ahí aparece otra parte de esta experiencia: haberte dado cuenta de lo que querés no hace desaparecer el temor a decirlo. Imaginás que podrían molestarse o preguntarte qué te pasa. También te da pena perderte algo. El cariño sigue ahí, junto con las ganas de elegir distinto esta vez.


Finalmente escribís:

—Este sábado no voy a ir. Que pasen lindo, nos vemos en la próxima.


Dejás el teléfono sobre la mesa. Un minuto después lo volvés a mirar.


En el episodio llamo dulce rebeldía a esa posibilidad de hacer un movimiento propio con firmeza y amabilidad. A veces empieza en un mensaje tan sencillo como ese. O en quedarte en la conversación y expresar una opinión que normalmente habrías guardado.


El movimiento puede ser pequeño y aun así resultarte difícil. Después quizás necesites acompañarte un rato, tolerar la duda, recordar qué querías cuando respondiste. Prepararte algo caliente, salir a caminar o seguir con tu tarde sin pasarte horas revisando si tendrías que haber dicho otra cosa.


También habrá una respuesta del otro lado. Tal vez alguien te diga que está todo bien y te sorprenda descubrir que había más espacio del que imaginabas. Tal vez aparezcan preguntas, incomodidad o resistencia. Podés ir observando qué pasa, conversarlo y reconocer si hay lugar para una forma distinta de encontrarse.


No todo se resuelve con ese primer mensaje. Pero algo que antes ocurría automáticamente se vuelve una elección sobre la que podés pensar.

La próxima vez que te pregunten por ese proyecto que te entusiasma, quizás vuelvas a sentir el impulso de restarle importancia. Y quizás, al reconocerlo, te des unos segundos más para terminar lo que estabas contando.


🎧 En el episodio 14 de MIRA, “Cuando ya no te sentís cómoda donde antes encajabas”, seguimos explorando la incomodidad, la complacencia y esos primeros movimientos que a veces postergamos porque sentimos que todavía no tenemos un motivo suficiente.



Florencia Gesto, Socióloga, comunicadora y creadora de La Reflexiva.

Las escenas de esta nota son imaginadas a partir de las situaciones que exploro en el episodio.

 
 
 

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